domingo, 26 de julio de 2015

No va más, por Federico R. Bär


Al costado del mostrador, en una mesa repleta de ingredientes para copetín, un hombre gordo estaba con el oído pegado a un radiograbador que estaba encendido a muy bajo volumen. No querría molestar a los demás, o estaría escuchando alguna emisora lejana o una cinta mal grabada. De vez en cuando anotaba algo sobre una servilleta de papel. Frente a él, un flaco miraba con el rabillo del ojo a los demás parroquianos, que habían juntado varias mesas en el centro del local, desde donde estallaban risotadas. Chistes de salón, con toda seguridad - ¿de qué otra cosa podrían reírse hombres reunidos en un salón?
Las risas disminuyeron cuando alguien advirtió:
- Dale Griego, que se está haciendo tarde.
El nombrado reaccionó.
- Ah sí, vamos.
  El reloj en la pared indicaba las doce menos cuarto pasadas; le quedaban unos diez minutos. El gordo había apagado la radio. Estiró una mano hacia el platito con los maníes, ya vacío. Al ver que tampoco quedaba ni una aceituna, frunció el ceño. El flaco fingió no notarlo, pidiendo otro vaso de vino.
El mozo ya había servido unas cuantas copas, excepto al Griego. Si bien éste contaba con una memoria privilegiada, la tarea de asociar nombres de participantes con números y premios en muchas combinaciones iba a requerir toda la claridad de su mente. Se concentró en el trabajo. Su larga experiencia le permitió registrar y archivar todas las apuestas. Lo que no observó fueron las señas que el gordo había hecho a algunos jugadores antes de acercarse a la mesa, junto con el flaco, para arriesgar unos pesos.
  Llegó la hora del ¡... no va más ...!, y cuando las agujas del reloj se juntaban, el Griego pidió al dueño del bar que sintonizara la Emisora del Noreste, que transmitía el sorteo de la Lotería de Monte Carloto. Después de algunos números se oyeron dos o tres exclamaciones de alegría. El flaco dio un brinco y convidó una ronda: ¡había acertado el premio mayor! Sobre el final, el gordo levantó la mano; a él también le correspondía un premio.
  El Griego estaba al borde de un infarto; iba a verse en figurillas para pagar todas esas deudas. ¡Qué desgracia! En veinte años, fue la primera vez que tuvo tanta mala suerte. Pero también fue la primera vez que atrasaron el reloj media hora para poder grabar esa emisión radial de la Lotería de Monte Carloto antes de hacer las apuestas.


miércoles, 31 de diciembre de 2014

Jueves


Muchas gracias a Federico Bär por enviarnos otra exquisita colaboración:


HAGA BUENA LETRA CON
 NUESTRO LÁPIZ MÁGICO
   EN COLORES, CON MÚSICA,
     RELOJ DESPERTADOR Y HORÓSCOPO.
       VISITE NUESTRA DEMOSTRACIÓN,
          ESTE JUEVES A LAS 18 HORAS.

Así rezaba la invitación que recibí hace unos días de Yn Ho Senn Cía Ltda, la antigua firma importadora de una muy amplia gama de productos manufacturados. Los dueños son coreanos; los conocí hace algún tiempo en una reunión donde habían anticipado otra novedad. Suelo tirar esta clase de propaganda al cesto de papeles sin leerla, pero este folleto me atraía, no sé si fue por el texto o porque me interesaba el producto. ¿O habrá sido por la foto de la radiante Miss Corea que lo anunciaba?
     
La cuestión es que decidí ir a verla (la presentación). Pero sólo por curiosidad, no para comprar ese lápiz. Parecía un artefacto original, pero por mágico que fuera, habría que ver si servía para algo. No me gusta ser un conejillo de Indias.

El show comenzó puntualmente. Primer punto a favor. A la elegante figura que subió al escenario, era la muchacha del folleto, la reconocí en seguida. No es común que algo que se anuncia coincida con lo que nosotros llamamos la realidad. Segundo punto a favor. 

La acompañaba un representante de la firma, que hablaba muy bien, pero ¿para qué, quién prestaba atención a explicaciones de lo que estaba mostrando la modelo? ¡Qué ojos, qué manos, qué mentón, qué sonrisa, qué gracia para moverse!

Todavía impresionado por la belleza y la simpatía de la muchacha oriental, me paré en la vereda de enfrente, con la esperanza de verla afuera. Hacía calor, había mucha humedad y baja presión atmosférica, esa combinación climática tan característica de esta ciudad a fines de año. Era la época durante la cual la mitad de la población persigue a la otra, porque quiere poner sus cosas en orden, en una euforia contagiosa. las calles y veredas se iban cubriendo de hojas de agendas, planillas y largas tiras de máquinas calculadoras, arrojadas desde las ventanas de oficinas. En la peatonal y en vidrieras quedaban aún armados árboles de Navidad, alegremente adornados, y con sus copos de nieve que, al igual que los trajes de los Santa Claus, parecen tan absurdos en ambientes subtropicales.
     
El campanario del edificio del Concejo Deliberante cantó las siete. A Miss Corea no la vi salir. Abrí el estuche y contemplé mi adquisición: un lápiz rojo con rayos verdes y un visor digital, una cajita musical y pequeñas tarjetas con frases al lado de los signos del Zodíaco. Contento, comprobé que no me habían engañado. En el reloj vi el tercer punto a favor de Yn Ho Senn Cía, porque, efectivamente, señalaba las 19 horas del día jueves 28 de diciembre.


* * *

domingo, 30 de marzo de 2014

El pebete de Andrés


Agradezco una vez más a Federico R. Bär, quien nos envió otro de sus excelentes y entretenidos relatos para publicar aquí.


EL PEBETE DE ANDRÉS

              Entran, y se quedan sentados con el arran​que del tren. Enfrente, un señor; a mi lado, su hijito, que llo​ri​quea el conocido canti​to:
              ‑ Quiero en la ventanilla ...
              El chico deja de comer su sándwich de jamón cocido y me mira de reojo. Yo no daría un  centavo por lo que es​tará pensando de mí en este  momento, por​que soy yo el que le bloquea el ac​ceso al si​tio deseado. Le  está  bro​tando una lá​grima (¿o ya estaba lloran​do al entrar, por otro moti​vo? ‑ no sé). Simulo no oírlo y sigo leyen​do, pero me quedo pensando. Yo tam​bién prefiero viajar del lado de la ventanilla,  aunque por otras razones, quizás no tan impor​tantes como las de él. ¿Por qué privarlo de ese gusto?
              Se lo ofrezco con una broma:
              ‑ Si me das el jamón, te dejo mi lugar.
              Andrés me mira descon​fiado, menea la cabe​za, y baja la mano con el sándwich, por las dudas. Le digo al pa​dre:
              ‑ Cambiemos de lugar, ¿quiere? A mí me da lo mis​mo.
              Pero el hombre no lo acepta; opina que el chico tiene que aprender que no siempre va a encontrar  un  asiento junto a una ventanilla. Me parece que tiene ra​zón, y vuelvo a mi lec​tu​ra, con​tento de haber quedado bien.
              Andrés no sale de su asom​bro. ¿Qué es esto? Aquí hay un caballero que me ofrece el asien​to, y mi papá le dice que no. ¡Qué tonto que es mi papá!
              ‑ Quiero estar ahí ‑señala el pequeño es​pa​cio entre mi pierna derecha y el costado del va​gón. El padre no quiere que insista, y el chico refunfuña:
               ‑ Mamá siempre me deja.
              Pero papá no es mamá, se muestra firme y tra​ta de dis​traer​lo.
              ‑ ¿Por qué no te sacas la campera?
              ‑ No quiero.             
              ‑ Sentate derecho.
              ‑ No quiero.             
              ‑ Dormite, Andrés.
              ‑ No tengo sueño. Papá, decile vos.
              La rebeldía va en disminución. El padre ha evitado una ra​bieta que seguramente nos ha​bría traído  llanto por un buen rato. Andrés se que​da calladito, pero no tarda mucho en atacar de nuevo:
              ‑ ¿Papá, cuándo se va a bajar el señor?
              Finjo buscar algo en un bolsillo, para que no me vea son​reír. La pregunta es astuta y merece  un  premio. Pero nuevamente, no quiero desautori​zar al padre, quien  sopla
              ‑ Ufffff ... dentro de muuuuchas estacio​nes.
              Claro que Andrés quiere saber dentro de cuán​tas, y  cuando se convence de que, efecti​va​mente,  son un  mon​tón, vuelve a morder su casi olvidada merienda. El jamón so​bresale del otro lado. Mas​ticando, ametralla pregun​tas:
              ­ ¿Por qué se mueve tanto el tren ... qué son vías ... cómo hace para cruzar un puente ... no se rompe  el  puen​te? ‑ con la  curiosidad típica de sus tres años (si es que los tie​ne), que pone a prueba a todos los padres del mun​do. El de Andrés, con su tierna paciencia, ha ren​dido el examen summa cum laude, con las mejores no​tas.
              Al rato, el niño se queda dormido. Cuando me doy cuenta de una manito que se suelta, veo ja​món y mayone​sa en mi pantalón. Llegan a su destino; el padre se despide. Andrés no, pero  ya en el pasillo,  da media  vuelta  y me tiende un pastoso resto del pebe​te, firmemente apretado en su puñito.


                                                                        * * *

lunes, 27 de diciembre de 2010

Tiempo al tiempo


!Qué precioso, el reloj de pie de mi abue­lo! Lo tra­jo de un país lejano, donde estaba en una vi­drie­ra, cu­bierto de polvo, como todos los de­más objetos. El anti­cuario le había ase­gu­rado que era una obra ex­cepcio­nal, pero mi abuelo opinaba que todos los anticua­rios pretenden ven­der piezas va­lio­sas y autén­ti­cas. Com­pró el re­loj simple­men­te por­que le gus­tó.

      Recuerdo que desde el momento que lo desem­balamos, quedé fas­cina­do por la caja. Es de ma­dera oscura, tiene más de dos metros de al­tura y da a las campanadas una sono­ridad ca­ver­no­sa. A tra­vés del vidrio tallado se ve el largo pén­du­lo, recorriendo su camino con un len­to y apa­ci­ble tic-tac. Tres pesas de bron­ce, en forma de pe­ras, cuelgan de va­rios tra­mos de cadenas, y otorgan a esta maravi­lla arte­sanal una autonomía de quince días.

      Mi abuelo lo puso en marcha y me explicó las órbi­tas del Sol y de los planetas, las fa­ses de la Luna y los signos del Zodía­co. Todas esas figuras estaban pin­tadas sobre pe­que­ños dis­cos giratorios detrás de ranuras en la esfe­ra.

      Fue apenas una semana más tarde, cuando noté que el ritmo del péndulo no era el mismo que antes, y que el Sol no se había asomado, a pesar de que ya eran las ocho de la mañana. Compartí con el abuelo su preocupa­ción, aun­que la mía era otra: me acordaba de una can­ción en la cual un niño cuenta que un antiguo reloj de pared dejó de funcionar en el preciso instante en que fa­lle­ció su dueño - que era el abuelo del chico. Pensé en la si­mili­tud, y tuve mie­do. Esa misma no­che, mientras esperá­bamos que apa­re­ciera Sa­turno en el firmamento del reloj, el meca­nismo se detuvo. Por suerte, mi abuelo no murió en ese momen­to.

      En un subsuelo abarrotado de máqui­nas que estaban recobrando la noción del tiem­po, el relojero puso nuestro re­loj en marcha, pero la Luna continuaba con las fases cam­bia­das y el Sol pasaba por el cenit cuando eran las dos y media de la madrugada. Durante varios días, el técnico apeló a todos sus recursos, pero quedó tan desconcer­tado por las incohe­rencias, que se dio por vencido. Vol­vimos a casa y pusi­mos el reloj en su lugar, re­signados a no verlo funcio­nar más.

      Soñé que vivíamos en el país de procedencia del re­loj, donde éste - ¡qué alegría! - cum­plía sus ciclos nor­mal­mente. Cuando se lo conté al abuelo, una ocurren­cia iluminó su cara, se le­vantó sin terminar el desayu­no, se puso el som­brero y salió corriendo. Vol­vió muy tar­de y me dijo solamente que había visitado museos y bi­blio­te­cas; luego me explicaría el mo­tivo.

      Al día siguiente, apuntes en mano, pidió al relo­je­ro que hiciera algunas pruebas. Cuan­do los re­sulta­dos confirmaron su sospe­cha, nos abrazó, con­tentí­si­mo: había descu­bierto que en la época de la cons­truc­ción del reloj se usaba en ese país una medi­ción del tiem­po, dis­tinta de la que rige ahora en todo el mun­do. Durante los últimos tres siglos, los dos siste­mas habían coinci­di­do, pero de a­cuer­do con aquel es­que­ma anti­guo, el día del desper­fecto corres­pondería hacer un ajus­te en el calen­dario.

      Mi abuelo ya no vive, y yo conservo el re­loj como una reliquia. El tic-tac sosegador se ha restablecido y todos los astros se mueven con la precisión calculada, pero las fechas y horas que el reloj señala son las de su propio calendario antiguo. Éste coincidirá de nuevo con el nuestro dentro de mil quinientos se­senta y un años. Será un 29 de febrero, y caerá en martes.

* * *
 Federico Bär

martes, 8 de junio de 2010

Crimen y castigo


Por Federico R. Bär.

Fede, ¿dónde estás? ¡Fede! ¡¡¡Fe-de-ri-co!!! ¿Dónde te has metido?

Cuando la demora en responder al llamado de mi madre, un característico silbido de una nota corta y otra más larga que terminaba en un staccato, excedía su -generosa- paciencia, me esperaba un castigo. No había tu tía – ni la mía, ni la de nadie. La mayoría de las veces era corporal; tanto ella como papá me daban sólo un cachetazo, pero de vez en cuando decidían el uso de una varillita de bambú - que yo mismo tenía que llevarle. Cuando el pantalón no amortiguaba el golpe, dolía, pero no por mucho tiempo. Por ejemplo, nunca me impidió comer sentado.

Mis padres eran bastante severos. Sin embargo, en los recuerdos de mi infancia, los juegos, deportes y andanzas callejeras ocupan mucho más lugar que los castigos. Porque ellos aplicaban esa varilla no para travesuras simples como llegar tarde o no hacer las tareas escolares. Las faltas consideradas graves eran la desobediencia y la mentira. La mentira lleva al robo, y el robo a la cárcel, no se cansaba de advertirme papá. - Un dicho árabe es más duro: El que miente, roba, y el que roba, mata.

A mucha gente, el castigo físico le parece una crueldad. Yo creo que, aplicado con criterio, no lo es, y estoy seguro de que la gran mayoría de mis contemporáneos que han sido educados de ese modo, piensa lo mismo. Lo formula muy bien una carta de lectores de una revista:

...Pegar [a chicos] no es malo en sí mismo si no hay abuso. Es una forma de disciplina que sirve para hacerle saber al niño que la consecuencia de su acción es más que solamente un “¡No lo vuelvas a hacer, Cachito!”, advertencia que entra por un oído y sale por el otro. Niños indisciplinados se convierten en adultos indisciplinados sin consideración para los derechos y sentimientos de otras personas. Los que aceptaron la filosofía del New Age en contra del castigo físico, están ahora cosechando lo que sembraron...

Una penitencia especial era el arresto domiciliario. El no poder salir cuando, después de la siesta, silbatos codificados desde la calle reclamaban mi presencia mientras yo me quedaba regando las flores, me dolía mucho, y aún más después de mi nuevo hobby. Un día había llevado mis soldaditos de plomo a la casa de un amigo ocasional. Sordos por los cañonazos y hartos de auxiliar a heridos, nos sentamos a tomar una limonada, y él me mostró sus estampillas. Me vio con tanto interés que me propuso un canje. Estaba aburrido de coleccionarlas, y nunca había comandado un ejército. Yo tenía un molde, y pensando que me resultaría fácil conseguir plomo para tener nuevamente soldaditos, acepté. De modo que volví a casa encantado con cientos de estampillas, muchas prolijamente alineadas en álbumes y libritos, otras sueltas en cajitas y sobres. Me pasaba horas despegándolas y ordenándolas. De paso, aumentaba mis conocimientos geográficos e históricos de otros países.

Ese entusiasmo dio a mi padre una buena idea para castigarme. La primera vez que la aplicó, tardé en darme cuenta de lo que pasaba. Mientras sus ojos echaban chispas, estiró la mano y dijo con mucha tranquilidad tres palabras: Dame la llave. Yo no lo podía creer, pero era cierto: lo que me pedía era la llavecita del hermoso cofre de madera donde guardaba la colección. Esa prohibición era terrible, sobre todo porque no duraba como otras, una tarde o dos, sino una larga semana, ¡o más!

Para evitar que, a mi edad, la afición se convirtiera en un comercio, Papá no me permitía comprar y vender estampillas usadas, sólo alguna nueva emisión del correo. Por lo tanto debía canjearlas para completar series u obtener ciertos ejemplares que me gustaban por su imagen o forma. En esa entretenida faceta se necesitan catálogos. El Yves-Tellier era el más conocido. Aún ahora, sesenta años más tarde, sigue siendo una fuente autorizada.

Así me enteraba del valor asombroso que puede alcanzar un simple papelito troquelado, como consecuencia de alguna anormalidad: una emisión especial, una sobreimpresión específica o un error de imprenta, de color o de dentado. Esas averiguaciones mantenían viva la ilusión, vana pero agradable, de dar algún día con una estampilla codiciada por un ávido filatelista millonario.

Una nueva vida en Holanda fue reclamando mi atención y tiempo, y un día decidí despedirme de la colección. Me dio una última satisfacción cuando el primer interesado pagó sin regatear la suma que yo pedía en el aviso. Cuando se había ido, me asaltó una duda: ¿habrá sido un novato entusiasmado o, al contrario, un experto que con un golpe de vista detectó un sello de un valor incalculable que se me había escapado?

Con el avance de las máquinas franqueadoras y de su formidable competidor, el correo electrónico, ya no se usan tantas estampillas. Pero no he perdido mi simpatía por ellas; sigo recortándolas con cuidado, de los pocos sobres o paquetes que todavía recibo. En una época incluso volví a coleccionarlas de una manera especial. En Vigo, mi primo Roel se enteró de un despliegue filatélico del Correo Argentino, y me pidió que le mandara todas las emisiones conmemorativas y temáticas. Venían ensambladas en cuader­nillos de buen papel, con imágenes atractivas y datos tan interesantes que, junto con ejemplar para él, yo compraba uno para mí también. Cuando Roel murió, joven todavía, no quise tenerlas más, y se las regalé a un amigo en común, que acababa de jubilarse y cultivaba ese hobby.



martes, 6 de octubre de 2009

Fidelidad


Queridos amigos, otro relato de Federico R. Bär. ¡Muchas, muchas gracias!

Inmóvil o escurridiza, corta o larga, bo­rrosa o ní­ti­da, a veces más grande, a veces más pe­que­ña que yo, ella imita en si­len­cio y a la perfec­ción todos mis mo­vi­mientos y reposos. Siem­pre está conmigo, aunque la veo únicamente cuando hay luz. Cuanto más luz hay, más se luce ella. Sin embargo, tengo que prote­gerla, por­que ella no puede ver la luz: siempre se ubica detrás o de­lan­te de mí o a mi lado, de tal mane­ra que mi cuerpo esté entre ella y el foco de luz. A todas lu­ces, es mi compañera más fiel. Únicamente en la oscu­ridad me aban­dona - ¿o es que me en­vuel­ve?

Una tarde caminábamos por la costanera para dis­frutar de una puesta del sol. Ella se había quedado un poco atrás, y cuan­do en un mo­mento dado me di vuelta, noté algo raro. Miré bien y advertí que ella se había inclina­do hacia la derecha, no estaba en línea recta con el sol y mi cuerpo. Preocupado, porque la expo­sición a la luz le hace daño, me aga­ché para ayudarla. Pero me fue imposible endere­zarla.

Tiene artrosis. Es un problema de des­gaste, di­ce el médico que consulté. No es grave, pero no pudo prescri­birle medi­ca­men­tos apropiados, y la deri­vó a un espe­cia­lis­ta en la ma­te­ria. Este tampoco logró in­di­car un tra­ta­miento ade­cuado, preci­samen­te porque es un espe­cia­lis­ta en la materia - y ella no es mate­ria.

Atribuyendo el fenómeno a otra posible cau­sa, la lle­vé a un psicólogo, e incluso me he ana­li­zado yo. Pero el defec­to pare­ce ser incu­rable; no le queda otra alter­na­tiva que apren­der a vi­vir con él.

Con el tiempo, la desviación se ha agrava­do, a tal punto que el ángulo formado por su silue­ta y los rayos de luz es ahora de casi treinta gra­dos. Sufre mucho, pobre, pero no se queja. Con­serva su lucidez y sigue acompañán­dome a todas par­tes. Sin embar­go, el esfuerzo la ha hecho adelgazar mucho, y últimamente no es ni la som­bra de lo que era.


miércoles, 11 de marzo de 2009

Una batuta a la medida

Queridos amigos de este nuevo blog, tengo el placer y el honor de presentarles otro relato de nuestro querido Federico R. Bär, a quien, en nombre de todos los lectores, se lo agradezco infinitamente.

Septiembre 22 al 30: Milano. Norma, con Lui­gi, Jane, Pierre. La Sinfónica de Torino con Ot­to. Ho­tel: Croc­ce di Malta. El debut y las cua­tro fun­ciones siguientes, éxitos sensacionales, salas reple­tas, real­mente inol­vi­da­ble. El públi­co ita­liano, más eu­fóri­co y ado­ra­ble que nunca. Lo amo.­


La orquesta, sublime, sutil, bri­llante, ex­plosi­va. Otto, sim­ple­mente grandioso. Quizás por lo que le ocu­rrió en pleno ensa­yo gene­ral: se le cayó la batu­ta; al sal­tar torpe­mente del es­trado para recogerla, pisó mal y la rompió. Le tra­je­ron otra, idéntica a la que estaba usando, pero no le gustó, la dejó sobre el atril. Termi­nó di­ri­gien­do sin batu­ta, estupen­damente bien, no se notó abso­lu­ta­men­te ninguna di­ferencia. Es un ge­nio, ¿qué duda cabe?


Pero ¿quieren es­cuchar qué me con­testó ese eter­no necio cuando se lo di­je? Pres­ten aten­ción y créanme: ¡Me lo dis­cu­tió! Dijo que no estuvo con­forme con su ac­tua­ción. ¡Habráse oído se­me­jante tonte­ría en todo este ancho y glorioso mundo! To­tal­men­te inconce­bi­ble en un ser que, por lo de­más, es tan nor­mal. Pero él tiene esa cos­tum­bre des­precia­ble, la de di­sen­tir con­migo cuando ten­go toda la ra­zón del mun­do. ¿Por qué demonios es tan in­creí­ble­mente por­fia­do? Di­cho sea de paso, hoy me ha pro­puesto otra fecha para el casa­mien­to. Esta es la terce­ra vez ¿será la ven­ci­da?


Con respecto a esas malditas batu­tas, el tema me intriga. Cuén­tenme, mis apreciados se­ño­res conducto­res: ¿Para qué demontres nece­si­tan un mise­rable pa­lito, para marcar el com­pás e indi­car a treinta o se­ten­ta, o cien ex­celen­tes mú­si­cos cómo deben leer una partitu­ra que ellos co­nocen tan bien como us­te­des mis­mos?


Digo yo ¿será un delicado símbolo de pres­ti­gio? Algunos dirigen­te­s son tan exage­rada­men­te ex­trava­gan­tes, que las mandan a ha­cer a medida. Sí se­ñor, ¡a me­dida! Tanto de largo y tanto de diá­me­tro, y que no pese ni mucho ni poco. Ah, y a no olvi­darse de ins­truc­ciones preci­sas sobre de­ta­lles como el color y la cla­se de ma­de­ra, de caña, de hueso, de marfil o de lo que fuera. Qué exquisi­to, ¿verdad? ¡Y qué impor­tan­te! Como si se trata­ra de un mue­ble de esti­lo. Sin­cera­mente, el per­fec­to colmo de la ridicu­lez.


En fin, volvamos a lo impor­tante: los so­lis­tas estuvieron estu­pen­dos, me inclu­yo. Men­ción apar­te merece lo de Jane. ¡Qué mu­jer ad­mi­rable, qué fuerza de voluntad! ¿Quién puede creer que cantó como lo hizo, cuando el día an­te­rior esta­ba todavía en cama, con treinta y ocho de fie­bre? Nadie.


Para mí, la culpa la tiene el ho­tel. Me gusta és­te, pero la ca­lefac­ción no es la ade­cuada para esta épo­ca del año. El ge­rente ha dicho que se ocuparía del asunto, pero hasta el momen­to las cosas no han mejorado.


La cuestión es que Jane se le­vantó. Por suer­te, le so­bra ca­pa­ci­dad para este pa­pel, pero ella corre el tre­men­do ries­go de una re­caí­da fe­roz, y de no poder can­tar su rol favo­ri­to la se­mana próxi­ma en Luzern. Eso, ade­más, me desa­gra­da­ría profundamente, por­que en ese caso la re­em­plaza­ría Emily, y can­tar con esa mu­jer sería para mí un verdadero supli­cio, la mayor desgra­cia que me pu­diera suce­der. Sólo Dios sabe cómo detesto a esa ras­tre­ra infame, hija de mil pros­ti­tu­tas. No ol­vidaré jamás lo que me hizo en Pa­rís cuan­do ... Pero bas­ta, no diré una palabra más sobre esa criatura, in­compe­tente por añadi­dura. ¡Si por lo menos can­tara bien! Y otra co­sa: ¿com­prenderá alguna vez a Puccini? Per­so­nal­men­te, creo que no. - Ja­ne, que­rida ¡no te en­fer­mes! Y menos, aho­ra.


Supongo que aún los lectores no familia­ri­za­dos con el mundo de la ópera habrán oído ha­blar de Elsa De Ruy­ter, una de las sopranos más soli­citadas por los prin­cipales teatros del mundo duran­te los últi­mos veinte años. Los nombres y fechas mencionados al co­mien­zo apa­re­cen en el diario ínti­mo de Elsa, y no se re­fieren a en­cuentros con ami­gos, sino a repre­sen­ta­ciones de la ópe­ra Nor­ma, y a los demás participantes. A la temperamental Elsa le gus­taba escribir co­men­ta­rios sobre even­tos en su rica vida, sobre la actua­ción de otros can­tan­tes y de las or­questas y sus directores, esos inte­gran­tes in­dis­pensa­bles de todo conjun­to (usen o no una batuta).


Los apuntes reproducidos reflejan el carácter vehe­mente de Elsa. En sus opiniones contundentes abun­dan los superlativos exu­be­rantes. Para esta oca­sión, el texto de algu­nos de sus muy poco conven­cio­nales jui­cios ha sido depu­rado, aunque a mucha gente no le mo­les­ta­ban los adje­tivos exagerados, puesto que éstos for­ma­ban par­te del encanto de la con­ver­sa­ción con Elsa.


A causa de su teatral manera de expresar­se y de com­portarse, tan­to sobre el escenario como fuera de él, Elsa De Ruyter ha estado siempre en la mira de los crí­ticos y de la pren­sa, esa ina­go­table fuente de noti­cias y rumores y comen­ta­rios sociales, siempre prepa­rada para atribuir a los famosos toda suer­te de re­lacio­nes amoro­sas. Ella no niega haber tenido más de una, pero afirma que el ú­nico hom­bre que verdaderamente le impor­tó, ha sido el director de or­questa Otto Ka­pellstock.


Elsa y Otto se amaron apasionada­mente a tra­vés de los con­ti­nen­tes, a pesar de los pro­longa­dos períodos de se­paración como conse­cuencia de los respectivos compro­mi­sos artís­ticos, que rara vez les permitieron trabajar jun­tos. En una oca­sión, Elsa cantaba en San Fran­cis­co cuan­do Otto reemplazó a un cole­ga en­fermo en dos con­ciertos en Los Ángeles. En­tre las fun­cio­nes, Otto logró hacerse una es­capada a San Francisco, un sacri­fi­cio con­side­ra­ble en vista de las pocas horas que te­nía disponi­bles. En uno de los cua­der­nos, hay un relato de ese bre­ve encuentro, pero el tex­to está ta­cha­do, excep­to la fecha y el nom­bre del ho­tel, el Gol­den Gate Her­mitage.


Los artistas internacionales viajan durante gran par­te del año por el mun­do. Es en los hote­les donde se pre­pa­ran, descansan, y adonde vuel­ven después de haber rea­lizado el perma­nente esfuerzo que cada representa­ción requie­re. Elsa daba mucha importan­cia a esos deta­lles, y los seleccionaba cuidadosa­men­te.


No concretaron el casamiento con la misma rapidez con que se habían enamo­ra­do, pero un buen día sonaron las trompe­tas en la marcha nup­cial. Centenares de ar­tis­tas y cele­bri­dades del mundo del arte presen­ciaron la pomposa ce­re­monia y una fies­ta román­tica, acordes con el estilo de vida y la fama de los contrayen­tes. Otto le re­galó a su Elsa un vistoso abrigo de piel, y mos­traba con orgu­llo el obsequio de ella, una per­fec­ta­men­te inú­til, pero pre­ciosa batu­ta de mar­fil, hecha a medida.


Después de un noviazgo de doce años, el tan espe­ra­do matri­monio duró, sin embargo, sólo doce me­ses. Fue el desafortunado resulta­do de una incompatibili­dad de ca­rac­te­res.


Estando yo en octubre último de vacacio­nes en Vie­na, me enteré de que Elsa De Ruyter can­taba Così fan tutte en el Teatro Lírico. Compré una en­trada, ave­rigüé en qué hotel se alojaba, y le hablé por telé­fono para saludarla. Hacía mu­cho que no nos veía­mos, y Elsa dijo que es­taba con­ten­ta de oír­me, pero casi no me habla­ba. Pro­ba­ble­mente es­taba con­cen­trándose, porque una hora des­pués, más dis­ten­dida, me llamó para su­gerir­me que la invitara a cenar después de la función.


Me acomodé en la butaca, dispuesto a dis­fru­tar de esa deliciosa obra de Mozart, con un elen­co de primer ni­vel. Y Elsa era una so­prano mo­zartiana por exce­lencia. ¡Cuán­tas ve­ces habré escu­chado esa voz privile­giada, en el teatro, por radio, y en dis­cos!


Compartí con el siempre exigente público vie­nés el deleite por la buena música, y especial­mente la es­plén­dida ac­tuación de Elsa, que esa noche esta­ba muy inspira­da. Al fina­lizar la se­gunda de las dos arias grandes de Fiordiligi, los aplausos no esta­lla­ron mien­tras Elsa can­taba todavía las últi­mas no­tas. Con­tra­ria­mente a la ya cen­te­naria cos­tum­bre, la cla­que demoró la ovación hasta que tam­bién la or­questa hu­biera trans­mi­ti­do toda su carga emo­tiva a la sala.


Durante la cena charlamos animadamente, pero yo te­nía la sensación de que Elsa quería pre­gun­tar o decir­me al­go, y que le resultaba difícil hacer­lo. La acom­pañé has­ta su hotel predilecto en Viena, el Servus. ­­En su ha­bita­ción me entregó una carpe­ta con­ unos es­cri­tos. Pidió que le ayuda­ra a publi­car­los, pero más adelante; me avi­saría cuándo que­ría hacer­lo. Por el momen­to, sólo me rogó que los guar­dara. No me dijo el motivo, y tampoco se lo pre­gun­té; los diarios de ayer me lo reve­la­ron: aquel Festival había sido su canto de cisne, y Elsa lo sa­bía.


Ahora puedo leer, y debo publi­car, las Me­mo­rias de Elsa De Ruyter. Hoy re­cibí la for­mal expresión de su vo­lun­tad, juntamente con una car­ta, fechada antes de ayer. La tengo de­lante de mí:


"Mi querido Otto : Cuando leas es­to, ya ..."